La historia de amor entre Nicolás el indio pobre, trabajador y honrado, con Manuela la caprichosa, egoísta y banal mujer lectora de novelas románticas; es la urdimbre amorosa elaborada por doña Antonia su abnegada madre, trama que muere con ella cuando la coincidencia sentimental del indio herrero con la prima de Manuela, la joven y purisísima Pilar, se erige entre la podredumbre. Eso sucede durante la huida de Manuela con el Zarco, el criminal idealizado por ella en caballero, quien es a primera vista pendenciero, asesino y desalmado. Cuyo carácter de sinverguënza y cobarde es desvelado por sus compinches y contrastado con el heroísmo y nobleza de Nicolás. En tanto Martín es el héroe ambivalente, quien fuera víctima de Los Plateados –la banda de forajidos comandados entre otros por el Zarco–, es ahora un rural abalado por Benito Juárez para terminar con el azote de las partidas de bandidos. Nicolás y Martín se vuelven los verdugos de el Zarco en un juego de cacerías por Morelos y el Estado de México.
Después de cometer sus fechorías los bandoleros huyen por las serranías para esconderse en su guarida, por todos conocida, pero a las que no se atreve a llegar ni el ejército, que se ocupa en dar rondines y perseguirlos, capturando a su paso chivos expiatorios para justificar sus incursiones fracasadas ante los altos mandos.
En la moralizante historia los maniqueos personajes obtienen lo que se merecen: Manuela, el Zarco y sus secuaces sufrimiento y muerte. Pilar y Nicolás la felicidad del matrimonio. La caracterización de los personajes es intrincada psicológicamente si se atiende a la época en que fue escrita la obra. La novela tiene su carga de denuncia, y por supuesto, está inundada de moralidad, pero eso era común a finales del siglo XIX en las letras mexicanas.
Las historias de amor y desamor por las que Altamirano nos lleva están rodeadas de violencia e inseguridad, bandoleros que además de robar y traficar, extorsionan y cobran piso, secuestran, violan y asesinan adultos y niños. Criminales que campean por un territorio con autoridades civiles y policiacas fallidas. En donde es necesario recurrir a grupos de exterminadores equipados por el gobierno ante la ineficacia del ejército. Cualquier parecido con nuestros tiempos no es mera coincidencia.
Imagine lector una historia con dos o tres amantes. Para los villanos y los héroes –que sí se ensucian las manos– acuda a las noticias actuales, piense en secuestradores como el Mochaorejas o grupos diversificados criminalmente como Los Zetas, Los Caballeros Templarios y/o la Familia Michoacana. Recurra a los cárteles de Juárez, Guadalajara y Sinaloa; y todas sus escisiones, así como a las pandillas y brazos armados de todos los anteriores. Recuerde para el héroe sucio al Doctor Mireles o a Papá Pitufo. Y si quiere estar a la moda criminal los huachicoleros o el cartel de Tlahuác pueden ser bandas de criminal inspiración. Para las partidas de militares, incluso puede usar a la Marina Armada de México, que igual que el Ejército comete tareas que no le corresponden. Para la máxima autoridad del país, bueno sería un insulto para el Benemérito buscarle parangón, entonces caracterice un presidente de ficción que valga para novelar. Pero el escenario de anarquía, violencia, impunidad y desolación bien puede ser retratado del día de ayer en casi cualquier parte de México, tal es el caos y la barbarie que reina no en 1861 –espacio temporal en que está ubicada la historia–, sino en el año de nuestra venerable decadencia de 2017.
Altamirano puede ser considerado un artista de ruptura porque fue uno de los escritores que en su época más trabajó con intensidad y en extenso la edición de sus obras, en éstas es notorio el esfuerzo de pulir el engarzamiento de las palabras para proporcionar al lector una obra de calidad literaria. Es una obra que trasciende el romanticismo y emite ondas literarias más realistas y crudas. Es ahora una novela que el tiempo y la situación de nuestro país colocan como universal y más vigente que nunca. Altamirano es uno de los grandes, quien en los años ochenta del siglo XIX escribió una de las novelas más acabadas de su tiempo.
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