Domador discapacitado
Montó el circo a tres pistas. Había payasos, malabaristas, trapecistas, ilusionistas, una gitana medio bruja, una mujer con más barba que cualquiera y el hombre más fuerte del mundo. Todo para el acto de domar a la bestia. Ahí estaba el público mirando como con su látigo dominaba a la fiera, pantera que después de rugirle deseándolo su presa; fue más gata, gatita difusa que con pícara mirada se arrellanó en el centro de la pista volviendo el látigo pistola para matar moscas. Entonces el público se quedó callado, mirando a los enanos ahogarse en las lágrimas del domador. El silencio invadió el circo. La gata, gatita, miraba al domador discapacitado, al cazador vuelto su presa; domesticado no por sus garras, domador domado por la sensual mentira de su mirada. En la pista central lloraba inconsolable el domador, mientras la gatita, gata pantera, buscaba con sus pupilas al lanzador de cuchillos, mientras olisqueaba el aroma de la manzana a la que el arquero apuntaba.
Saponorme
El saponorme yace guardado entre la tierra seca, a un lado de la carretera, descansando, adormecido, agazapado en el hastío de la prolongada canícula. Hiberna meses e incluso años, esperando las torrenciales aguas. Inundado el subsuelo, despierta hambriento y sale a cazar: moscardones, libélulas, ratas, serpientes y aves. Es enorme, más de medio metro. Saciado su apetito de entre el lodo, vigoroso y furibundo salta a la carretera y asesina cientos, miles de ranas que al escampado quedan cuando brincan a la carpeta asfáltica Todos Santos-La Paz.
Croan ranas y sapos que hace décadas una rana descomunal se disfrazó de sapo y el honor robó a una sapo prominente de la comunidad y, que el batracio engendro de ese pecado inter-anfibio fue desterrado. El proscrito sapo hijo de rana, creció gigantesco y concibió un odio hacia las ranas sólo comparable a su tamaño. Desde entonces el enorme sapo, poseído por una maldad bastarda, se lanza en copiosos aguaceros sobre las ranas en venganza personal. Aplastando una, dos o más en cada mortífero brinco, las que pueda asesinar.
Saponorme dribla de un carril a otro, impulsándose en calculada trayectoria para caer frente a sus competidores asesinos, y vertiginosamente disparar su enorme y larga lengua para impactar el parabrisas del vehículo elegido y hacerlo volcar en mortales piruetas. Cada gran tormenta saponorme elimina tres conductores solitarios. Cobrándose así número en proporción a tamaño las anfibias almas que ellos le arrebataron de sus poderosas ancas. Demostrando siempre especial saña contra autos de llantas anchas, esos son los fúnebres volteados en cada tremendo vendaval.
Manicidio
Desde esa mañana se quedó pensativa allá en San Ángel, obsesionada por una cosa. Ella, que de ambicionar rangos militares pasó a ejercer el poder político, siempre estuvo dominada por la avaricia. Tras la brutal mutilación varios hombres la buscaron sin encontrarla, hasta que un teniente íntimo del general supuso que ella se comportaría como él. Entonces levantó sobre su cabeza una moneda y así anduvo por ahí unos minutos. No tardó en salir de su escondite y como pájaro rapaz de cinco alas se precipitó con violento impacto sobre la palma amiga hasta apoderarse del metálico. Sí, tenía el arrojo y la marrullería de Obregón. Así encontraron la mano del novel manco en el ensangrentado campo de batalla. Diestra que, con las celebraciones por su mausoleo, vio acabada su carrera política; pues entonces supo que de ahí no saldría si no era con los dedos por delante. Pobre derecha de frasco, no la acabó el encierro, pues entusiasmada celebró su traslado a Chimalistac. Si estaba recontenta, ¿dónde se había visto una extremidad con monumento y parque en la mejor zona de la ciudad? Pero ahí, sin disparar o dar órdenes con el dedo, todo para ella fue la fama que llegó a codiciar más que el dinero.
¡Cómo disfrutaba a los turistas! Que hablaran de ella más que del manco de Celaya la hacia sentir internacional. Sí, era vanidosa. Su celebridad crecía y ella lucía más vigorosa, sus líneas se veían más perfiladas. Incluso, varios quirománticos de renombre la visitaron; aunque hubo charlatanes que no lograron descifrarla. Estaba al día en cuanto a manos famosas. Pero no le incomodaban demasiado la del comandante Aranda o la que estranguló a John Rowell, para ella ardides literarios; menos le preocupaba la peluda de Horta, vulgar mito a su entender. Pues ella se sabía importante. Sobre todo por las visitas escolares; ¿y cómo iba a ser de otra manera?, si de la mano de la historia educaba a los niños de una nación que sobre su revolucionario pasado cimentaba su futuro. Así transcurrieron algunas décadas. Hasta que esa mañana un desgraciado mocoso de secundaria profirió el mortífero comentario: “La neta es más famosa la pierna de Santa Anna que esta mano”. No lo hubiera escuchado ella; porque desde entonces flotó en formaldehidos pensamientos de angustia que la asfixiaban, repitiéndose una y otra vez ¡Si no fuera por esa pierna maldita yo sería la extremidad más famosa¡ Y es que esa, por más truhán que fuera su alteza, esa era una extremidad histórica. Fue la envidia lo que le carcomió el alma. No pensaba en otra cosa, comenzó a cerrarse a los quiromantes y cada vez se abría menos; luego se endureció en un deprimido puño derecho y así se fue encogiendo, pudriéndose en sí misma, hasta que se deshizo en hilos como espaguetis.
Finalizaban los años ochenta cuando sus otrora orgullosos guardianes, ante la tristeza del amasijo podrido en hebras de piel y músculo, que era la antes gloriosa mano más famosa que su manco, decidieron sacarla del mausoleo. En el Congreso se rumoraba que las reliquias mortuorias habían pasado de moda estratégica y no eran bien vistas en la tendencia tecnócrata; y que, el dolor de la familia fue ordenado desde arriba para encubrir el manicidio. Desdichada mano, hasta en su último adiós fue menos que la pierna, que tuvo funeral magnánimo, con larga procesión religiosa de obispos y embajadores, seguidos de otras celebridades; desfile militar con los generales más reputados, incluido Quinceuñas. Maldita pierna afortunada con pompa de emperatriz, pensaba ajena al dolor, mientras el fuego la incineraba.
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